El inicio de una historia
La vida, como entrenador de básquetbol, a lo largo de mis 12 o 13 años de experiencia (aproximadamente lo que llevo), me ha enseñado una infinidad de lecciones, casi todas ellas acompañadas de un envoltorio con sabor agrio que, muchas veces en mi juventud, traté de esquivar. Sin embargo, en el casi «medio tiempo» de mi vida, he empezado a recibirlo con total agrado y aprecio; me refiero a la tan mancillada y deleznable «derrota». Año 2017 en la ciudad de Villa Alemana. En aquel entonces, trabajaba como entrenador de las ramas femeninas de un club deportivo de dicha comuna. Además, se iniciaba mi primer año en la liga femenina «Femicentro» (el símil absoluto, y entregando una opinión totalmente personal, más competitiva que la Femisur). Para ese año, en la categoría U13 damas, me presenté a jugar con un equipo compuesto por chicas entre 1 y 2 años menores que el corte de edad de la categoría. Desde aquí, mis alumnas me manifestaron su primera preocupación: me pidieron conversar a solas, junto con el equipo, respecto a la decisión que había tomado. Desde siempre, he optado por escuchar a mis dirigidas y dirigidos, pues ellos y ellas (como aprendí en la universidad) pueden observar ciertas cosas o elementos que, a mi vista, pueden ser imperceptibles. En mi mente pensaba: “¿será el temor a jugar con niñas más grandes?”, “¿me pedirán cambiarse de club?”, “tal vez querrán pedirme que me retire en esa categoría, para aguardar un año más”, etc. En el día de la conversación, pude percibir un peculiar tipo de silencio, uno muy parecido al de los niños cuando hacen «algo mal» y todos (menos tú, por supuesto) saben quién ha realizado la travesura. Es entonces que la capitana me dice (dando un paso al frente): “Profesor, creemos que no vamos a ganar nada este año”. Al terminar de mencionar aquello, yo me quedé esperando que prosiguiera con su turno, esperando que mencionara algo más. Sin embargo, esa continuación jamás llegó, dándome a entender que el mensaje ya había sido entregado completamente. Me di cuenta de que el mayor temor de las chicas y, a la vez, su mayor anhelo, era sencillamente obtener el triunfo ante los demás, para de esa forma obtener la validación de sus procesos deportivos, familias, semejantes, etc. Está bien, pensé; “ganar” para muchas familias, niñas y niños e incluso para mí, era lo fundamental. No obstante, yo veía algo que nadie más veía en aquel entonces, algo elemental pero invisible para muchos, algo que los entrenadores llamamos proceso.

El año 2016 tuve la tremenda fortuna de ganar absolutamente todo (o casi todo) en la asociación de Viña del Mar. En aquel entonces, mis jugadoras U17 se auto-percibían como el “Dream Team” de la zona Marga-Marga, ya que habían logrado imponerse como campeonas al derrotar en el mejor de 8 partidos a la particular escuadra de Everton de Viña del Mar. No me malinterpreten; mis jugadoras competían y entrenaban de forma extraordinaria, pero el “proceso” fue extremadamente anómalo, pues en la asociación solo existían (en aquel entonces) 3 o 4 equipos, donde tuve la tremenda y fortuita coincidencia de reunir una generación de jugadoras extraordinarias, donde, francamente, ganaron casi todo. ¿Por qué te cuento esto? Porque uno de los grandes motivos que me llevó a Femicentro fue conocer “la derrota”, un regalo que mi asociación de básquetbol en aquel entonces no podía obsequiar a mis jugadoras y, en añadidura, tampoco yo a ellas.
Retomando el año 2017, mis jugadoras U13, que crecieron viendo a sus semejantes U17 ganar todo, tenían el temor a perder, como si se tratase de un ave de mal augurio que se posaba en sus vidas. Llegado el momento de hablar con mis jugadoras, les recordé ciertas reglas que ahora yo te quiero compartir (por supuesto, utilicé en aquel entonces otras palabras, amenizando la comunicación y comprensión de niñas de 11 y 12 años):
Reglas para la competencia
- Perder es parte del aprendizaje: muy similar a caerse al pasar del gateo al movimiento bípedo. Todo momento o resultado específico requiere preparación y esa preparación requiere el error.
- Si ganar es la única forma de sentirte feliz y lleno: No te gusta verdaderamente el básquetbol; solo te gusta ganar. De ser así, replantéate si realmente querías practicar un deporte donde lo normal es perder. Tan solo imagina cualquier liga normal con 10 o más equipos: ¿quiénes son aquellos que ganan más de lo que pierden?
- Nuestro deporte requiere perfección y no ambigüedades: En el colegio sabemos que “nos falta” cuando nuestra nota final en la prueba es un 3.0 o un 6.9. En el básquetbol, dichas pruebas son: medirnos con mejores que nosotros. Si usted (apoderado o atleta) se siente feliz rindiendo la misma prueba para obtener un hipotético mismo puntaje máximo, jamás podrá acceder a un contenido superior y solo se estancará. Por eso, cada año, los profesores exigimos cada vez más.
- Es muy práctico darles sentido a los entrenamientos: pues si gano todo, ¿para qué voy a entrenar?
- Perder jamás es bien recibido: Siempre trato de que el deporte sea un “medio y no un fin”, es decir, que sirva como elemento de enseñanza. En esta línea, perder crea una concatenación de distintas emociones, siendo la más dominante la tristeza. Esta emoción permite a los jugadores algo básico, según la literatura científica: “la tristeza puede fomentar la empatía al hacernos más conscientes de nuestro propio sufrimiento y del sufrimiento ajeno, al aumentar nuestra vulnerabilidad y sensibilidad emocional, y al activar mecanismos neurobiológicos que promueven la conexión social” (Kross et al., 2011).
Comienza la temporada 2017 en Femicentro. Mis jugadoras de la categoría obtienen un balance negativo de 2 victorias y 10 derrotas el primer semestre, y de 3 victorias y 9 derrotas el segundo semestre, sumando un total de 5 partidos ganados en el año y 19 perdidos. Al final del año, una jugadora optó por cambiarse de club, pues su familia manifestó que no quería que “perdiera tanto”, ya que la proyectaban a jugar por alguna selección (postura que respeté, pero internamente sabía que solo le hacía daño y alejaba más a la jugadora de dicho objetivo). Mis jugadoras ese año conocieron en carne propia el significado de palabras, frases e ideas que jamás vivieron en su vida, casi como si de ficción se tratase. Las siguientes eran repetidas por ellas mismas una y otra vez a lo largo de ese año: últimas, perdedoras, colistas, malas y pequeñas. Detrás de cada niña, tuve la enorme fortuna de contar con un grupo de familias prudentes y extremadamente sabias, que veían “el perder” como parte de un proceso de larga duración, como una lección que humanizaba a sus hijas. Ellas comprendían, a temprana edad, la realidad de la vida a través de un simple juego y, por supuesto, desde el hogar, los mensajes de los padres se complementaban con mis palabras de aliento y fortaleza para que aquellas jugadoras con infinito potencial no desistieran ni cesaran en sus esfuerzos y, por el contrario, sacaran el máximo aprendizaje de cada derrota.
Para cerrar, llega el año 2018. Aquellas jugadoras “colistas” ya obtienen la edad para ser del último año del corte de la categoría. En cuanto a resultados: primer semestre 10 victorias y 2 derrotas, y segundo semestre 11 victorias y 1 derrota, sumando 21 victorias y 3 derrotas. Ahora, por favor, es una categoría U13, ¿realmente cree usted que ese era el fin máximo? Si está pensando que sí, déjeme comentarle (y con prudente respeto) que está en un completo error. Mis jugadoras jamás trataron de superar a sus rivales por más de 100 puntos, pues en palabras de ellas: “Nosotras sabemos lo duro que es perder, al terminar el partido vamos a apoyar a las otras chicas”. No querían cambiarse a otros clubes (y vaya que descaradamente las buscaron), pues sabían que habían luchado tanto para llegar a este punto que no querían romper el proceso, que era mucho más importante que “ganar”, ellas disfrutaban el básquetbol porque estaban juntas. Y, más importante, comprendieron que ese regalo, que con tanto amor y esmero luché para darles: la derrota, fue aquella semilla que les permitió conseguir el triunfo que (por misteriosas y extrañas razones) las llevó a obtener victorias que solo las hacían pensar: “Genial, ganamos pero aún nos falta, ¡a seguir trabajando!”.

Querido lector, espero que mi experiencia te permita sacar tus propias conclusiones. Bajo ninguna circunstancia quisiera imponerte mi verdad por sobre la tuya, pero hay veces que comprender y saber de procesos ajenos permite aclarar los senderos de los procesos propios. El perder debe ser siempre un profesor que debemos recibir con los brazos abiertos e inclinarnos como muestra de profundo respeto. Abuchear y linchar a este frío docente solo te hará daño a ti o a tus hijos, pues este viejo profesor llamado “derrota” ha visto la caída de los más grandes ídolos y genios del mundo; y, a su vez, su olímpica ascensión a los cielos del triunfo.
Gracias al básquetbol por regalarme, aun luego de mis estudios y experiencias, este hermoso regalo llamado “derrota”, que me recuerda lo vivo que estoy y que siempre se deben aprender cosas nuevas. Gracias a cada oponente que me derrotó, al cual solo deseo lo mejor, por hacernos mejor junto a mis dirigidos o dirigidas.





